Segundo disco del aragonés errante en lo que va de año y, personalmente, como todas las opiniones que muestro, otro acierto.

Volvemos a las cavilaciones, las búsquedas, los experimentos de este inquieto artista, dejando atrás, de nuevo ese pasado de Rock Star que tantos echan de menos y solicitan con cada nuevo álbum de un Bunbury que parece estar dispuesto a hacer hincapié en cada canción, en cada estrofa, que todo eso quedó lejos, ya muy lejos.

Letras corrosivas, difíciles en ocasiones y sintetizadores (muchos), acompañados por sus Santos Inocentes, crean un ambiente hipnótico en un puñado de canciones que parecen construidas para ser escuchadas, todas de una vez, con atención, y ser digeridas en busca del mensaje que existe detrás de esa voz con personalidad tan sumamente particular.

Recomendable al 100%, la nueva obra de este «culo de mal asiento» musical, hace intuir que no parece dispuesto a cejar en su empeño de probar todas y cada una de las ramas de la música, no queriendo dejar de tantear nada y aprender de cada paso dado.

Lo dicho, disco para sentarse y escuchar en soledad y calma, sorpresivo, silencioso y calmado.

 

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