La última vez que unos ojos me dedicaron una canción, fue una tarde de Noviembre
La melodía era triste, lenta y, supuestamente, para quienes oyen y no escuchan, inocua
Sus notas sonaron en mi corazón, rasgándolo, hiriéndolo, arrugándolo con temor
Sus notas arrancaron parte de mi alma, sellando a fuego en ella un dolor, un enorme dolor
que no quiero, ni puedo permitirme volver a sentir, que no quiero ni debo volver a vivir

Hoy mi mirada se pierde en una sonrisa que me regala una alegría misteriosa, dudosa,
acompañada de versos musicales demasiado claros como para alcanzar a comprenderlos
Mi camino, lleno de baches, silencios y oscuridades protectoras, parece querer abrirse
como ya lo hizo en un pasado que, poco a poco, voy enterrando en el desierto del olvido
Mis pasos se detienen con las caricias de tu voz, llamándome a un sendero de cariño real
que se muestra, intermitentemente, con los destellos de una luna que me contempla confundida

Ahora estoy frente al mar, arrullado, acunado por este presente que no alcanzo a entender
Me pierdo en sus estrofas, me siento protegido por sus palabras y no sé que me quieres decir
Anhelo todo lo que me prometes y a la vez, me aterran esas promesas sinceras, tan sinceras
Tiemblan mis manos castigadas, tiemblan por una apuesta que puede, en segundos, matarme
Las olas susurran tu nombre, el frío, que llora por aprender a soñar, insiste
en desaparecer y dejarme desvalido, sin coraza ni escondrijo posible ante ti
El peso de mi identidad oculta es cada vez más grande, pide volver a nacer
y mostrarse ante tu persona, deshacerse de esta cobardía innata
y atreverse a amar sin recelos, con confianza, enfrentándose al amanecer

 

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