Mi sueño me hizo descender en un desierto rodeado de mar

Los rítmicos vaivenes de las olas eran el único sonido

La luna iluminaba con su luz lechosa el frío del lugar

La arena acumulada bajo mis pies sonreía sin maldad

Seco país conocido que un día perdió su control

me pedía hoy una ayuda que yo le era incapaz de brindar

 

Tras varias horas me di cuenta que mi única compañía era mi corazón

Este latía fuertemente, golpeando una garganta cansada de llorar,

cansada de anhelar mejoras en voz alta, cansada de exigir perdón

Algo me obligó a sentarme y cerrar mis ojos pétreos a ti

Algo elevó mi alma a un pasado infausto que nunca pretendí

 

En mi mente apareció una mirada de belleza incomprendida

con ese color sin nombre pero parecido al de la nieve semiderretida

Del principio de su profundidad asomaba una lágrima perdida,

atrapada en un tiempo que no era el suyo y superviviente de un adiós prematuro,

ahogada en un silencio eterno, encerrada en un lamento interno

 

Sobre ella, una rima olvidada en una bolsa de latón,

una ininteligible parafernalia de excusas sin sentido,

una asfixiante petición plateada de libertad dormida,

una promesa sin razón alguna ignorada

y un largo mechón de pelo, con una suavidad para cualquier mortal desconocida

 

Entonces, un trueno me despertó de aquel fatuo letargo

Siete decenas de gotas de lluvia humedecieron mi árido rostro

Un rayo cayó a mi izquierda mostrándome una runa necesitada

El desierto grito una palabra que se selló para siempre en mi espalda

y un beso en la oscuridad me informó del llanto de una vida maltratada

 

Revolqué mi espíritu en el improvisado barro de fuego,

dancé de rodillas, hiriendo el orgullo que tanto cuidé,

destapé mis oídos, ofreciéndoselos a las palabras sabias de la tormenta,

extendí mis manos ansioso de acariciar un cielo a mí prohibido,

vislumbré repetidas veces esa vieja canción hasta que el cansancio me venció

 

El suspiro del viento te trajo a mí desde lejos,

el mayor deseo que pude ver al fin cumplido

Nuestra nube cayó en un río que fuimos incapaces de controlar

El resto del mundo se quedó quieto, dejándonos morir en penumbras

En resto del mundo fue feliz de nuevo, masticando una despedida que no quisieron evitar

 

Sufre ahora la espada oxidada por sus tabúes silenciados,

clavada en el centro de una piedra latiente

Ríen ahora ocultándose en la madurez deseada y prometida

que tal vez instauren algún día

Ríen y lloran ahora.

Sin saberlo

Mueren ahora.

Sin poseernos

 

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