El humo del cigarrillo que se consume entre mis labios

se eleva lenta y caprichosamente hacia el techo, tranquilo

Paladeo su amargo y atrayente sabor, embelesándome por unos segundos

con el placer nocivo que produce en mí, distrayéndome de los problemas

Regreso a la realidad gracias al tremendo estampido al otro lado de la puerta,

seguido de un silbido peligrosamente adictivo, como el canto de una sirena

 

Cerrando los ojos, puedo ver lo que me espera en el pasillo

No es necesario imaginarlo, ya que lo contemplo sin más, sintiéndolo respirar

Una tormenta de viento pasado que nunca ha querido abandonarme,

suspira mi nombre, llamándome desde un ayer que creí enterrado,

desde un mundo anodino y amorfo del que fui desterrado

 

Encerrado en el olvidado hotel de las nueve puertas

y enclaustrado en la habitación número veinte,

sin más compañía que el dulce silencio y la protectora oscuridad,

con la única ventana al exterior tapiada, renegando de la luz del mañana,

ausculto un presente vacío, perpetuo, imposible de llenar

 

Mis reservas de palabras están en las últimas,

y las llagas eternas piden constantemente permiso para dejar de sangrar

El alcohol imaginario parece ser incapaz de calmar ese dolor que apaga

mi mente harta de regresar, derrotada, de una batalla mil veces perdida

El monstruo que vive bajo mi piel parece agotado, sin nada que decir,

mientras un corazón de piedra partido en dos ansía volver a latir

 

 

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